SEXus SEXus

La cuestión de los pelos viene de lejos y, desde luego, no existe una forma única, tampoco más acertada o más feminista, de vivir con ellos. Personalmente, cuando pienso en mi relación con mi cuerpo y con los pelos que en él crecen, solo puedo pensar en las vivencias que me han llevado hasta aquí. Vivencias del día a día, vivencias que, de una forma u otra, de primera o segunda mano, hemos recibido muchas de las personas socializadas como mujeres. Porque el hecho de que percibamos la depilación “femenina” como la norma aceptada, una conducta que ni nos paramos a plantear, es un logro más del sistema patriarcal y cisheterocéntrico, que nos atrapa en su dictadura de la imagen sin que nos demos cuenta.

11 años. Estoy en casa de una amiga jugando y su madre le pide que vaya a su habitación. Aparecemos allí las dos y su madre la está esperando con un palo del que gotea cera de depilar muy caliente. Se la pone en el entrecejo y el bigote a su hija, que no para de quejarse de lo que quema. “Es lo que toca, hija”. Levanta la mirada y me señala con la punta de cera, “¿Te quieres depilar tú también?”. Yo solo sé negar con la cabeza.
abrazo power

Desde bien pequeñas crecemos viendo a las mujeres de nuestro alrededor depilarse: de la abuela, que pasa a la madre, que pasa a la hija, de la prima mayor a la peque, entre amigas de adolescencia, de la capitana del equipo al resto del vestuario, y un largo etcétera. La publicidad y el audiovisual tampoco paran de bombardearnos con mil mensajes que nos “invitan” a seguir con la tradición de quitarse el pelo corporal y, lógicamente, lo aceptamos como normalidad. De hecho, incluso lo recibimos con entusiasmo. Recuerdo que de adolescente me hizo ilusión cuando empecé a depilarme en casa con mi madre, me sentía mayor. Creo que es algo que nos pasa de primeras a una gran mayoría: depilarse, igual que empezar a ponerse sujetador o maquillarse, se siente como un paso que te acerca a hacerte mayor y, más importante aún, a hacerte mujer (o eso nos cuentan).

14 años. Estoy relajándome en la orilla del pantano con unos amigos, estamos de campamento, disfrutando en bañador de nuestro rato de tiempo libre al sol. De la nada, un chico de 18 años por el que yo estaba coladita me espeta “Tú te depilas el coño, ¿no?”. Ante mi silencio como única respuesta, se respondió él solo. “Seguro que sí, te daría mucha vergüenza estar aquí en bikini con todos los pelos saliendo por ahí”. Yo en esa época no me depilaba el pubis, pero a partir de entonces fueron unos cuantos años de no dejar de hacerlo. 18 años. Una persona aleatoria de la familia me suelta “Ya va tocando depilarse, eh, que hace feo”. 23 años. Quedo con un chico de Tinder con quien llevo hablando unos pocos días. En el momento de quitarnos ropa se siente con la libertad de comentar “Para la próxima ya te podrías depilar un poquito. No es por manías mías, eh, es por higiene”.

Los comentarios no deseados sobre nuestro cuerpo aún son, por desgracia, una violencia diaria que vivimos una gran mayoría de mujeres e identidades disidentes. No sé si podremos encontrar formas más sencillas de decirlo, lo que está claro es que no nos cansaremos de repetirlo: No, no quiero saber tu opinión sobre mi cuerpo o cómo me queda este nuevo pantalón. No, no quiero que tú, señor que veo por la calle, me grites algo porque te has dado cuenta de que no llevo sujetador. No, no quiero saber lo que piensas sobre mi entrecejo, mi sobaco peludo o mis piernas, me da igual que seas mi amigo de toda la vida, mi queridísima tía o un desconocido que se cruza en mi camino. Es mi cuerpo, yo decido todo sobre él, y si tanto te molesta el pelo… ¡Pues depílate tú, querido!

22 años. Me mudo a Barcelona, comienzo a ver en mi día a día por la calle mujeres, chicas y adolescentes que no se depilan y me siento libre para dejar de hacerlo yo.

Porque cuán importantes son los referentes… Cuán importante es tener personas en nuestro día a día que nos muestren la diversidad que podemos alcanzar, que lo establecido y lo supuestamente correcto no son más que imposiciones de la sociedad. Desde las chicas que me crucé mis primeras semanas por Barcelona, pasando por ilustradoras como Raquel Riba (Lola Vendetta) y Rocío Salazar que muestran mujeres que aman todos sus pelos o celebrities que muestran su sobaco peludo en photocalls y posts de Instagram, hasta colectivos de mujeres barbudas como Som Barbàrie, que comparten sus vivencias con barbas y bigotes también desde una reivindicación política.

 

Todas ellas hacen camino para que nos planteemos ciertas preguntas que, quizá, nos hagan más libres:

¿Cómo puedo saber si me depilo por una cuestión de gustos exclusivamente propia o si lo hago porque así es lo que me han enseñado? Si no hay ningún factor social y es exclusivamente una decisión estética propia, ¿por qué muchas mujeres dejan de depilarse en invierno o dejaron de hacerlo durante el confinamiento? No me molesta tener pelos en las piernas o en el sobaco, pero en el bigote, la barba o el entrecejo me hacen sentir muy incómoda. ¿Tenemos una jerarquía en cuanto a las zonas donde podemos dejarnos crecer el pelo? ¿Está bien saltarse la normatividad con los pelos, pero solo hasta cierto punto? ¿Y en el caso de las mujeres trans? ¿Tienen las mismas libertades que una mujer cis a la hora de depilarse o dejarse sus pelos? ¿Cuestiona acaso la sociedad de la misma manera nuestra feminidad o nuestro estatus de mujer?

Muchas preguntas que hacernos, para conocernos mejor, entendernos (y perdonarnos), para comprender mejor cómo funcionan las presiones estéticas y cómo nos afectan como seres sociales e interdependientes. En definitiva, preguntas que nos pueden hacer más libres para poder decir con firmeza como Lola Vendetta:

Es mi cuerpo.

Es mi casa.

Si no te gusta, me trae sin cuidado.

 

Autoría: Irene Ruiz San Miguel

Ilustración: @solamegusto